Cayo, largometraje de Producciones Paractuar que estrena hoy en los teatros de la Isla, es la oferta más reciente de lo que ha sido catalogado como la nueva ola de cine puertorriqueño.
Vale la pena tomar el inicio de estra reseña para aclarar que estos esfuerzos que llevan el talento local a la pantalla grande se desarrollan en un país donde no hay industria de cine y donde hay muy pocos espacios formatives para los que aspiran a ser actors, guionistas, productores y directores del séptimo arte. Lo major que se puede decir de Cayo es que no necisita de ninguno de estos pretextos para ser apreciada como un buen filme.
Como la nueva oferta de cine puertorriqueño, el filme confirma lo que todos siempre hemos sospechado. Cayo es evidencia física del talento immensurable que hay en la Isla para este arte. El balance creado por el equipo entero de producción, encabezado por los guionistas, seguidos por el elenco y apoyado por todos los técnicos de producción, es digno de admiración y un buen escudo para desmentir preconcepciones y defender que Puerto Rico en el cine, también lo hace major.
La película no es perfecta (pregúntenle a Steven Spielberg si piensa que War of the Worlds es un filme sin defectos) pero no tiene que serlo. Independientemente de que la producción pueda ser una ventana a otro ciclo constante de cine boricua, las lealtades de la producción están con su público. En ese contexto, este drama emotivo evade el territorio desastroso que ha sido recorrido por unitarios disfrazados de películas y lleva al espectador por una jornada emocional satisfactoria.
Cayo presenta la historia de un triángulo amoroso entre Iván, Julia y Kike, tres amigos de infancia que ven cómo sus relaciones son complicadas por su introducción a los deseos y las responsabilidades de la adultez. Varios años más tarde, Iván y Julia, que han formado un matrimonio fuera de la Isla, tienen que enfrentar un viraje inesperado del destino. Iván tiene cancer y solo le quedan seis meses para vivir. Con sus días contados, el protagonista decide regresar a las playas de su infancia en Culebra. El viaje abre las posibilidades a una recuperación inesperada ante el poder natural de un cayo y obliga a la paraja a enfrentar la amistad truncada con Kike.
Buen trabajo de producción
A primera vista, la trama del filme puede sonar como un derivado de una telenovela, pero su simpleza emocional sirve de plataforma para un gran despliegue de talento para los cineastas boricuas de esta produccioón. El elenco entero desmiente la noción de que los actors puertorriqueños solo tienen talento y afinidad para el teatro.
Y aunque no es un papel particularmente complicado, Roselyn Sánchez demuestra una reserva de talento histriónico que todavía no ha sido aprovechado por los cineastas con quien ha trabajado en Hollywood. Los actors son el centro de una puesta en escena excelente, donde se destaca la acertada dirección de arte de Gifre Tort y Elizabeth Calienes y la cinematografía de Milton Graña.
Las debilidades de la producción residen en su guión, pero se trata de tropiezos menores, no obstáculos irremediables. El libretto de Pedro Muñiz e Ineabelle Colón peca de ser demasiado ambicioso y querer abarcar much terreno emocional en un solo filme. Afortunademente la historia principal es sólida y efectiva. Como consecuencia, las secundarias que ocupan demasiado tiempo fluyen como evidencia de un guión que estuvo a punto de ser perfeccionado. A pesar de esto, el mayor cumplido del filme lo recibe su texto, al poder construir una historia cargada de emociones que nunca se transforma en un melodrama barato.
Independientemente de que la industria cinematográfica boricua encaye o salga a flote con este filme, los cinéfilos de la Isla pueden celebrar que tienen en sus salas un buen filme de puertorriqueños para puertorriqueños.